lunes, 13 de febrero de 2012

Capítulo 4 - Un día normal completamente

     Esther me informó de que estábamos en la segunda hora de clase recién empezada y además me dijo que el instituto empezaba a las ocho. Ella me recomendó ir con sus amigas en el patio porque había otras chicas que se metían en la vida de otros y ya habían tenido que echarlas de conversaciones ajenas varias veces.
     Detrás de nosotras estaba sentada una chica con el pelo un poco más bajo de los hombros. Tenía los ojos azules y sus mechones caían cual cascada oscura por su espalda. Esther me indicó que era su amiga y que era muy simpática. Se llamaba Amaia. Tenía pinta de ser maja, había que admitirlo. Estaba sentada al lado de un chico con el pelo muy corto y castaño claro. Él tenía los ojos marrones y se llamaba Carlos.
     Tras que el profesor nos explicara la vida de Shakespeare, oí el timbre de salida. Tardé bastante en recoger mis cosas y cuando terminé ya pensaba que se habían ido todos. Pero una voz masculina me sorprendió:
     -Hola.
     Había hablado Alex, aquel encantador chico de pelo castaño claro y sus preciosos ojos verdes que resaltaban tanto con su cabello. Él sonreía.
     -Eh… Hola –tartamudeé roja como un tomate y avergonzada completamente.
     -Creo que nos habíamos visto antes –dijo con la sonrisa pintándole aún su cara.
     -Sí, por la calle creo.
     -Sí, tenemos ahora el recreo, ¿vienes? –respondió.
     -Espera un momento –dije mientras metía el estuche en mi mochila-. Vale, vamos.
     Y esta frase si que la acabé con una sonrisa que él me devolvió. Así terminaba mi primera hora de clase. Andando con el chico que me gustaba por un pasillo que no había recorrido antes, preparándome para conocer a mis nuevas amigas.
     Mientras caminábamos, Alex dijo algo que me hizo volver a ponerme roja, y esta vez con más intensidad.
     -¿Sabes que eres muy guapa? –dijo él sonriendo.
     -Tú… Tú no te quedas atrás –respondí, pero me arrepentí muchísimo de haber dicho algo así.
     Él rió por lo bajo y luego dijo sonriendo de nuevo:
     -Eres maja, me caes bien.
     -Tú a mí también –reí, ruborizada completamente.
     Pero entonces el mágico momento lo interrumpió Amaia buscándome. Iba corriendo y con cara de circunstancias. Yo, al ver esto, fruncí el ceño y le dije a Alex:
     -Espera, aquí ha pasado algo.
     Y en efecto, tuve razón.
     -¡Jessica! ¡En el patio! Un chico mayor que se llama Álvaro se está metiendo con Esther.
     Miré a Alex y él también tenía cara de preocupación así que, salimos todos corriendo al patio para ver lo que estaba pasando.
     Una vez cruzamos la puerta principal, pude ver cómo, en el interior de un corrillo, Esther se daba de empujones y vaciladas con un chico de segundo de la ESO. Corrí hacia ella dejando atrás a Amaia y Alex. Cuando llegué al círculo de gente que los rodeaba, grité con todas mis fuerzas, haciéndome oír por encima de los murmullos:
     -¡DEJA EN PAZ A MI AMIGA!
     Entonces se abrió un hueco entre la multitud y salió el chico. Miré hacia Esther, su rostro lo pintaba una mueca de miedo por mí; ella tenía la mano en la boca, en señal de terror y respeto.
     -No te había visto nunca por aquí, ¿eres la nueva de la que tanto se habla? –preguntó Álvaro.
     -Sí –dije yo sin que la voz me temblara ni un poco.
     Él rió sonoramente y la multitud se apartó unos pasos. Entonces ví llegar a Alex.
     -¿Qué tiene tanta gracia? –le vacilé yo.
     Entonces, Álvaro se puso serio de repente y yo me estremecí aunque él no lo notó, por suerte.
     -La nueva es vacilona, ¿eh? –inquirió él con una sonrisa malvada.
     A mis oídos llegaron murmullos de la gente de mi alrededor diciendo: ‘’La va a matar’’, porque suponían qué iba a pasar; y Alex también lo suponía.
     -¡Eh! Déjala en paz –ordenó Alex con un tono de voz potente que no habría imaginado para él.
     El corazón me dio un vuelco.
     -Qué bonita pareja –se rió Álvaro.
     Entonces, sin previo aviso, Alex asestó contra Álvaro un puñetazo. Yo me llevé las manos a la boca en señal de sorpresa y oí gritos entre la gente.
     Desvié la mirada hacia Esther y Amaia que se mantenían a no mucha distancia con otras chicas más. Yo estaba detrás de Alex y Álvaro estaba en el suelo del golpe. No había sufrido daños importantes pero podrían expulsar a Alex por pegarle.
     Lo agarré por los brazos y le di media vuelta para que me mirara.
     -Gracias –dije sonriéndole.
     Y esa sonrisa era solo para él y nadie más.
     -De nada –respondió él también sonriendo.
 
     Pasados cinco minutos, Álvaro se alejaba de mí y de Alex cuando pasábamos. Yo iba con Esther y Amaia, que me presentaron a Selena, una chica bajita, muy rubia y con los ojos azulísimos; a Skylar, que tenía el pelo castaño, un poco pelirrojo y muy largo, ella llevaba gafas y aparato; y a Elena, rubia con unos ojos marrones que me encantaban y con gafas.
     Caminábamos todas por el patio, que era bastante grande; oímos el timbre y volvimos a entrar a clase. Nos tocaba Sociales, así que me acompañaron al aula donde se daba, porque yo no sabía dónde estaba; aunque Skylar, Elena y Selena iban a primero B. Nos despedimos en el pasillo y Esther, Amaia y yo entramos en el aula once, que es donde se enseñaban Sociales.
     Me senté donde la profesora, Laura, me indicó; al lado de Amaia, por suerte.
     Tras la explicación de Laura hice el farol de levantarme a sacar punta para dejarle una notita a Alex encima de su mesa, que decía así: ‘’Gracias de nuevo (;’’. Ví cómo él la leía y sonreía y no pude evitar sonreír también.
     -Profesora, ¿puedo pedirle a Jessica la libreta para corregirme los ejercicios? Es que no me he enterado de uno –preguntó Alex, únicamente para responderme sin levantar sospechas.
     -Está bien, pero la próxima vez estate más atento.
     Alex se levantó y cogió mi libreta. Pude apreciar cómo cogía sus rotuladores de colores y me dibujaba algo en la última página del cuaderno.
     -Gracias, Jessi –dijo al levantarse y devolvérmela.
     Oí otra vez la risita baja de Esther, que se sentaba a su lado y supe que había sido algo fuerte lo que había dibujado. Amaia me había dicho que Alex dibujaba muy bien, así que esperaba con ansia mi libreta para ver lo que había hecho.
     La verdad es que Alex hacía magia con esos rotuladores. Había puesto un ‘’De nada’’ que ocupaba toda la página con un montón de adornos y cosas chulas. Lo miré y aprecié que él estaba esperando mi mirada para mostrar de nuevo esa preciosa sonrisa que tenía él. Yo también le sonreí como diciendo que aquel dibujo era precioso, que no era más que la verdad.
     Las siguientes horas pasaron aburridas, lo interesante vino al salir del instituto. Estaba recogiendo mis cosas y terminé de nuevo la última, pero Alex me esperó como en el recreo.
     -¿Por dónde nos habíamos quedado antes? –dijo él sonriendo.
     Estaba apoyado en la pared, con una pierna tocando los ladrillos. Aún estábamos en clase.
     -Pues… Que me caías bien y yo también a ti, creo.
     -Exactamente, me estaba quedando contigo, yo también lo recordaba –rió.
     Empezamos a caminar hacia la puerta de salida.
     -¿Te recoge alguien? –preguntó él.
     -No, aunque vivo un poco lejos.
     -A mí tampoco, pero vivo cerca, ¿quieres que te acompañe?
     -¿Por qué no? –sonreí.
     Alex rió y le indiqué por dónde se iba hacia mi casa al salir por la puerta. Caminamos durante unos trece minutos, hablando de cosas absurdas y yo enrojeciendo cada dos por tres. Al final llegamos a mi piso y dije:
     -Aquí es, vivo en el tercero, pero sé subir sola en el ascensor –le dije riendo.
     -Pensaba que no –bromeó él.
     -Bueno, adiós, si tardo, mi madre me echará la bronca, aunque pronto se irá por ahí con mi padre, ya sabes, nos acabamos de mudar y…
     -Sí, entiendo, cosas nuevas y tal –cortó él-. Adiós, nos vemos mañana.
     Y terminó con una sonrisa que yo también le devolví.

     Subí al ascensor cuando Alex salió por la puerta. Estaba eufórica; el día no podía haber ido mejor. Cuando entré en mi casa grité el nombre de mi madre y respondió:
     -¡Hola!
     Su voz venía de la cocina; me dirigí allí y estaba haciéndose un vaso de leche caliente.
     -Ya he llegado.
     -¿Qué tal tu primer día? –me saludó ella sonriendo.
     -Genial, he hecho amigas que son majísimas.
     -Me alegro mucho. ¿Te han mandado mucho trabajo?
     -No, pero tengo algo, como siempre.
     -Pues ponte a hacerlos. Por cierto, tu padre y yo nos vamos a ir a…
     -Ya lo suponía.
     Tras explicar a mi madre que no estaba molesta por que se fueran tantas veces, fui a mi habitación a hacer el trabajo que me habían mandado.
     Oí la puerta por encima de la música y supe que mis padres ya se habían marchado.
     Estaba cansada cuando mis padres volvieron, eran ya las diez y yo tenía que madrugar. Me fui a la cama unos minutos después. Raro en mí pero, estaba deseando volver al instituto.

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