domingo, 12 de febrero de 2012

Capítulo 3 - Nueva en clase

     El domingo transcurrió con total normalidad. Mis padres salían cada dos por tres de tiendas, a ver teatro, a ver películas… Así que, la mayor parte de tiempo que pasaba en casa estaba sola. La verdad es que me gustaba estar sola de vez en cuando. Me tumbaba en mi cama, cogía el móvil y ponía la música.
     Aunque en uno de esos numerosos ratos en los que estaba sola en casa, se me ocurrió asomarme al pequeño balcón de mi cuarto. No hacía tanto viento como el sábado; es más, se estaba bien. Me apoyaba en la valla del balcón cuando detecté con la vista aquel chico que había visto cuando fui el día anterior a comprar bocadillos.
     Lo que más me sorprendió, es que mientras lo miraba, fue como si él hubiera detectado mi mirada plantada en su rostro. Se volvió hacia mí. Yo abrí muchísimo los ojos y me puse roja casi sin darme cuenta. El misterioso chico, que iba con otro chico más, avisó a su amigo y me señaló. Su amigo hizo un gesto de indiferencia y volvió su vista hacia delante de nuevo, pero él sonrió y me saludó con la mano alzada. Yo no sabía qué hacer, ¿le devolvía el saludo?
     Al final, completamente avergonzada, volví al interior de mi casa con el corazón latiéndome a cien. Me senté en la cama y analicé la situación. Estaba claro que ese chico me gustaba, pero no sabía ni cómo se llamaba ni la edad que tendría. No tenía razón para sentir algo por él. Pero tenía ganas de que llegase el lunes a mi nueva clase y mi nuevo instituto… para ver si coincidíamos. En ese momento oí el cerrojo de mi puerta y supe que mis padres habían llegado de otra de sus numerosas salidas. Estaba claro que no les iba a contar nada de lo que acababa de pasar.
     Bueno, pues lo que pasó el domingo no fue muy interesante exceptuando eso. Para finalizar el día, me acosté en mi cama y dormí en un sueño inquieto.

     Era lunes, un bonito lunes con un sol radiante, pero seguía haciendo frío y a veces se removía el aire. Mi madre me había despertado a las ocho porque ella pensaba que el instituto comenzaba media hora después. Yo soy rápida en arreglarme, así que no había problema en levantarme solo media hora antes de tener que marchar. Sin embargo, mi madre no acertó en la hora de entrada al instituto. Ella se había informado bien, pero es la maldita costumbre.
     Al final, me tocó ir de corre prisas en el coche de mi padre. Cuando entré al instituto fui a conserjería para que me llevaran a mi nueva clase. Noté que el conserje estaba ligeramente dormido, informé a mi padre de esto, a quien se le escapó una risilla baja, pero después carraspeó y el conserje se despertó. En vez de llevarme a mi clase, me llevó con la directora. Ésta era de unos treinta y nueve años. Tenía el pelo corto y negro como el carbón. Sus ojos eran preciosos, un azul que no había visto antes. Aparentaba menos edad de la que tenía.
     La directora me echó la bronca por llegar tarde y a mi padre le tocó disculparse y decir que había sido un despiste. Tras estos ‘’imprevistos’’, mi padre se volvió a marchar y yo me quedé sola con la directora.
     -Bueno, querrás conocer tu nueva clase, ¿no? –dijo ella.
     -S…Sí –respondí yo, un tanto tímida.
     Me acompañó hasta una puerta en la que ponía: ‘’Aula de Castellano’’, y dijo:
     -Bien, tus compañeros están dando Lengua ahora. Es un poco maleducado entrar sin haberlo dicho antes, así que, para ellos será una sorpresa.
     El corazón me iba a salir del pecho. Estaba súper nerviosa; iba a conocer a mis nuevos amigos… y se podría decir que a mis ‘’compañeros de futuro’’. La directora tocó la puerta, y desde mis oídos escuché un sonoro: ‘’¡Adelante!’’. Abrió la puerta y la luz blanquecina del aula bañó mi cara. Todos los alumnos se giraron a la vez y me miraron con cara de asombro. Me ruboricé indudablemente, aunque me llevé una desilusión al comprobar que aquel chico tan misterioso no ocupaba esa clase.
     -Buenos días alumnos. Quiero presentaros a esta chica. Se llama Jessica, y va a dar clase con vosotros a partir de ahora. Formará parte de primero A como si fuera desde el primer día con vosotros, así que quiero que la tratéis bien –dijo la directora tras cruzar el umbral de la puerta y dejarme un poco atrás.
     La clase estaba ordenada en parejas. Había diez chicas y lo demás chicos. En total, eran veintitrés alumnos los que componían primero A.
     -Ho…Hola –saludé claramente avergonzada.
     -¡Pero chica! No tengas vergüenza –oí una de las voces de un chico que había sentado al lado de una chica que estaba concentrada en sus papeles.
     Yo sonreí ante esta situación, pero al profesor no le pareció tan bien el comentario de ese chaval.
     -¡Jaime! ¡A callar! –exclamó el profesor.
     Jaime se volvió hacia delante. Era un chico rubio con el pelo corto, llevaba cresta y tenía los ojos marrones.
     -Siéntate al lado de Esther, os llevaréis bien –dijo entonces el profesor haciendo un gesto hacia una chica que estaba sentada sola y con un sitio vacío a su lado-. Por cierto, me llamo Alberto, tú eras Jessica, creo recordar.
     -Sí –asentí secamente.
     -Hola Jessica –dijo Esther en voz baja para que no la oyera Don Alberto.
     Esther era una chica un tanto extraña. Tenía cara de ser risueña pero a la vez de ser lo suficientemente madura. Tenía el pelo largo, castaño muy oscuro y sus ojos eran de color marrón también oscuro.
     -Hola… Esther –dije con un poco de vergüenza.
     -No tengas vergüenza, chica, ya lo ha dicho Jaime –respondió ella sonriendo.
     Yo agradecí este acto por su parte, ya que me tranquilizó bastante.
     -A ver alumnos, voy a seguir con la clase –oí la voz del profesor intentando hacerse oír por encima de los numeroso murmullos.
     Al ver que estos murmullos no cesaban, Don Alberto explotó:
     -¡SILENCIO!
     Todos callaron automáticamente. Pero entonces escuché una llamada a la puerta.
     -¿Se puede?
     Me dio un vuelco el corazón. Era él, el chico del que tanto había estado pensando.
     -Adelante. Eh… Alex, Jessica ha ocupado tu puesto porque no venías –informó el profesor.
     Alex me miró y me puse roja, Esther lo notó y me susurró:
     -Ey, te gusta, ¿eh?
     Me puse más roja todavía.
     -Entonces, ¿dónde me siento? –preguntó él sin molestia alguna.
     -¡Al lado de mí! Por favor Don Alberto –dijo un chico del final.
     -Bah, está bien… -aceptó el profesor a regañadientes.
     Alex, con una sonrisa pintándole la cara, fue a sentarse al lado de aquel chico, pero entonces, antes de llegar a la silla, me miró de nuevo con algo que me dio un escalofrío; pero no de miedo.
     -Volvamos a la clase –anunció el profesor.
     Y Don Alberto se puso a explicar la vida de un escritor. Durante la explicación, no pude evitar mirar varias veces hacia atrás, a Alex. Nuestras miradas se encontraron un par de veces, y esta vez fue él quien se puso rojo. Yo sonreí al ver esta reacción suya. Esther notó que yo volvía demasiado la vista hacia Alex y a veces, después de mirarlo, oía su risilla baja y yo sonreía al escucharla.

 

1 comentario:

  1. ¡Qué mono él! Quiero saber más sobre ellos... Pero tengo ganas de la otra ¿eh? No te olvides de ella :)
    ¡Un beso! ^.^

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