jueves, 9 de febrero de 2012

Capítulo 1 - La mudanza a Madrid

     Era un día como otro cualquiera. Yo dormía en mi cama con un deleite especial porque el día anterior había estado de fiesta. Era sábado. Un sábado a las ocho de la mañana. La luz pasó a través de las cortinas de mi habitación. Cuando los rayos de sol bañaron mi cara,  abrí los ojos lentamente como suelo hacer hasta que recordé. ¡Hoy me mudaba! Salté de la cama con ese único pensamiento. Dejaba atrás a mis amigos, a mi instituto, a mi pueblo.
     Me puse la ropa que había preparado el día anterior, aunque por un acto reflejo, miré en mi armario. Naturalmente, estaba vacío. Toda mi habitación estaba vacía. Ni libros, ni peluches de mi infancia, ni películas, ni posters de Crepúsculo.
     También había dejado una mochila en mi escritorio, llena de lo esencial para las horas de viaje que me quedaban: mi BlackBerry, una libreta para dibujar y mis cascos para escuchar música.
     Cuando llegué abajo, mis padres estaban en el salón recogiendo las pertenencias de más valor. Me miraron los dos a la vez y sonrieron.
     -Jessica, por fin te levantas –comentó mi madre.
     Yo me llevé una mano a la nuca y sonreí en señal de rubor.
     Mi padre seguía concentrado en que los empleados de la empresa de mudanzas no rompieran nada.
     En ese momento me acordé de Sonia, Natalia e Inma. Eran mis mejores amigas. Les mandé un mensaje con el móvil:
     ‘’Ahora mismo salgo de mi casa, ya hablaremos. Un beso (:’’
     Tras hacer esto, mi padre dijo:
     -Ya está todo, podemos irnos.
     Y entré en el coche como una exhalación con mi mochila colgada a los hombros. La tiré en el asiento de al lado, me senté en mi sitio, me puse el cinturón y aguardé a que mis padres llegaran. No pude evitar, sin embargo, echar un último vistazo a la casa que dejaba. Pero eso ya era cosa de un pasado de dos minutos antes, ahora tendría una vida nueva, nuevos amigos, nuevo colegio…
     Por fin mis padres entraron en el coche. Tras media hora de escuchar música a tope, con los nervios de punta, no pude evitar caer dormida en mi asiento.
     Oí la voz de mi madre llamándome:
     -Jessica, Jessica. Ya hemos llegado.
     Abrí los ojos y, adormilada, contemplé por la ventana principal del coche unos grandes pisos. Había llegado. Madrid, la capital. El coche seguía en marcha, pero pronto nos paramos enfrente de un piso blanquecino que hacía esquina en la Gran Vía.
     -Bien, nuestra casa está en el tercer piso –informó mi padre.
     Llegué a la puerta y me colgué la mochila tras ponerme mi chaqueta de cuero. Cogí mi maleta y entré en el hall del piso que sería mi casa. Por la puerta entraron entonces mis padres con sus gigantes maletas que tenían pinta de pesar tanto.
     -¡Vamos a casa! –exclamé sin poder aguantarme más.
     Subimos en el ascensor mi madre y yo, ya que, era antiguo y sobrepasábamos el límite de peso si llevábamos las maletas. Mi padre subió después. Nosotras lo esperábamos enfrente de la puerta de mi nuevo hogar.
     -¡Corre, papá! –grité desesperada.
     Mi padre se apresuró al oír esto. Abrió la puerta de mi nueva casa con una llave con un llavero horrible. Me brillaron los ojos al contemplar aquel piso. Era genial, ni muy grande, ni muy pequeño; moderno, dominaban los colores claros en sus paredes, sobre todo el blanco y naranja claro. Estaba amueblado, como nos dijeron cuando lo compramos. Los muebles pegaban bastante con la pintura de la pared. Entré y busqué mi habitación. La encontré tras hallar un baño azul con bañera, un baño rojo y blanco con ducha, un salón considerablemente grande, una cocina muy bien equipada y la habitación de mis padres. Mi cuarto era de color rosa claro, con una ventana de mi estatura porque daba a un pequeño balcón. Bueno, la ventana era más alta que yo. Tengo doce años y no soy muy alta, sólo que mis Converse me hacían parecer de mayor estatura. 
     Volví al salón y cogí mi maleta, donde llevaba todos mis libros. Los coloqué en la estantería; quedaban bastante bien aunque me llevaría mucho tiempo llenar las que quedaban, no contaba con que hubiera tanto sitio en mi nueva casa. Deshice la maleta y coloqué la ropa en el armario. Era un armario empotrado, por lo que, no hacía bulto y tenía mucho sitio en mi habitación. Me senté en la cama, que ahora no era más que un colchón con una funda de plástico. Mi madre trajo entonces el edredón y las sábanas. Los echó encima del colchón y me dijo:
     -Ayúdame a colocar las sábanas.
     Mi madre es pelirroja, con el pelo ondulado. Tiene los ojos pardos. Se llama Verónica. Mi padre tiene el pelo negro y sus ojos son azules, como los de mi abuelo. Él se llama José. Yo tengo doce años, soy pelirroja, tengo los ojos azules y no soy muy alta para mi edad. Ah, me llamo Jessica y soy una chica del montón, anónima y con una vida muy común, pero no me puedo quejar.
     Pusimos las sábanas, rosas, a juego con las paredes. Cuando terminamos de ordenar la casa ya eran las dos.
     Estaba hambrienta. Me asomé por el balcón de mi cuarto y divisé en una finca cercana a mi piso, una tienda de bocadillos y sándwiches. Pregunté a mi madre si podía cruzar para comprarme un bocata. Ella me dio permiso y veinte euros para comprar unos para mi madre y mi padre también.
     Bajé por el ascensor. La BlackBerry haciéndome bulto en mis vaqueros, la mochila colgando de mis hombros y la chaqueta de cuero haciendo ruiditos embarazosos cuando alzaba el brazo.
    Abrí la puerta del hall y el aire azotó mi cara. Harían unos diez grados centígrados; estábamos en invierno y notaba escalofríos recorriendo mi espalda constantemente. Salí a la calle y me dispuse a cruzar el paso de cebra que daba a la otra acera donde se encontraba la bocatería, pero algo interrumpió mi rodeo panorámico. Un chico de mi edad aproximadamente. Tenía el pelo castaño claro y unos ojos verdes preciosos. En los breves segundos cuando lo estaba mirando, él también volvió la vista hacia mí. Yo la aparté rápidamente, ruborizada, pero pude apreciar cómo me sonreía antes de que siguiera caminando.
     Crucé el paso de cebra y entré en la bocatería, analizando lo que acababa de pasar con aquel chico.
     Compré tres bocatas, uno de jamón, uno de sobrasada y otro de mortadela y salchichón.
     Volví a cruzar la calle y entré en el recibidor de mi nuevo piso, pero tuve que pararme porque noté la vibración de mi móvil y oí la sintonía de llamada.
     Me llamaba Sonia así que, le cogí el teléfono.
     -¡Hola Sonia!
     -¡Jessi! ¿Qué tal por Madrid?
     -Genial, mi casa mola muchísimo. Es alucinante. ¡Está en la Gran Vía!
     -Qué guay. ¿A que no adivinas lo que me ha pasado?
     -¿Qué? –pregunté ilusionada.
     -Mario me ha pedido salir –gritó ella aún más ilusionada.
     -¿En serio? ¡Qué bien por ti!
     -¡Ya ves!
     -¿Sabes lo que me ha pasado a mí?
     -Cuenta, cuenta.
     -En la calle me he encontrado con un chico guapísimo de nuestra edad, espero que vaya al mismo insti que yo.
     -Oh, mierda, me ha pillado mi madre llamándote. Me tengo que ir. Adiós -cortó.
     -Adiós Sonia, un beso.
     -Besos.
     Tras colgar el teléfono me lo metí al bolsillo de nuevo y subí al ascensor con los bocadillos en mi mano. Llegué a mi piso, supuse que mi madre me pediría explicaciones por costarme volver.
      Cuando pasé, mis padres estaban sentados en la cocina, en una mesa moderna de una especie de plástico blanco con toques negros. Les dejé en la mesa sus respectivos bocatas y dije:
     -¿Puedo comer en el escritorio de mi habitación, por favor?
     Mi madre asintió y fui corriendo a mi cuarto. Cuando llegué, me di cuenda de  que no tenía silla así que, fui al comedor y me traje una. Me senté en ella y coloqué el bocadillo de jamón serrano encima de un plato que había cogido de la cocina hacía unos minutos.
     Terminé de comer y fui al salón; mis padres ya estaban allí. Mientras que comía había estado pensando en salir a explorar un poco por los alrededores. Además, tenía ahorrado bastante dinero para cuando llegase a Madrid y a las tiendas, por supuesto; y como vivía en la Gran Vía, tenía cada vez más ganas de salir de ‘’shopping’’. Aunque tengo doce años, me queda poco para cumplir los trece, pero mis padres piensan que soy lo suficiente madura para ir sola por ahí.
     -Papá, ¿puedo ir a explorar y a las tiendas de los alrededores? –pregunté directamente.
     Mis padres cruzaron una miradas. Pero finalmente mi padre respondió:
     -Está bien… Pero ten muchísimo cuidado y no hables con desconocidos.
     Seguidamente metió la mano en su cartera que llevaba en el bolsillo, sacó un billete de veinte euros y me lo dio.
     -Espera, si te quieres comprar ropa con eso no te vale para nada –dijo mi madre con una sonrisa.
     Y metió su mano en su bolso, sacó un billete de veinte euros y otro de diez.
     -Toma, con esto será suficiente.
     Sonreí, les di un beso en la mejilla a cada uno, me despedí y volví a salir por la puerta.

2 comentarios:

  1. Me ha gustado *____* Si que es considerablemente más largo :) Pero no dejes la otra, eh xD Quiero leer más... Hummm un chico xD
    ¡Un beso! ^.^

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