lunes, 13 de febrero de 2012

Capítulo 4 - Un día normal completamente

     Esther me informó de que estábamos en la segunda hora de clase recién empezada y además me dijo que el instituto empezaba a las ocho. Ella me recomendó ir con sus amigas en el patio porque había otras chicas que se metían en la vida de otros y ya habían tenido que echarlas de conversaciones ajenas varias veces.
     Detrás de nosotras estaba sentada una chica con el pelo un poco más bajo de los hombros. Tenía los ojos azules y sus mechones caían cual cascada oscura por su espalda. Esther me indicó que era su amiga y que era muy simpática. Se llamaba Amaia. Tenía pinta de ser maja, había que admitirlo. Estaba sentada al lado de un chico con el pelo muy corto y castaño claro. Él tenía los ojos marrones y se llamaba Carlos.
     Tras que el profesor nos explicara la vida de Shakespeare, oí el timbre de salida. Tardé bastante en recoger mis cosas y cuando terminé ya pensaba que se habían ido todos. Pero una voz masculina me sorprendió:
     -Hola.
     Había hablado Alex, aquel encantador chico de pelo castaño claro y sus preciosos ojos verdes que resaltaban tanto con su cabello. Él sonreía.
     -Eh… Hola –tartamudeé roja como un tomate y avergonzada completamente.
     -Creo que nos habíamos visto antes –dijo con la sonrisa pintándole aún su cara.
     -Sí, por la calle creo.
     -Sí, tenemos ahora el recreo, ¿vienes? –respondió.
     -Espera un momento –dije mientras metía el estuche en mi mochila-. Vale, vamos.
     Y esta frase si que la acabé con una sonrisa que él me devolvió. Así terminaba mi primera hora de clase. Andando con el chico que me gustaba por un pasillo que no había recorrido antes, preparándome para conocer a mis nuevas amigas.
     Mientras caminábamos, Alex dijo algo que me hizo volver a ponerme roja, y esta vez con más intensidad.
     -¿Sabes que eres muy guapa? –dijo él sonriendo.
     -Tú… Tú no te quedas atrás –respondí, pero me arrepentí muchísimo de haber dicho algo así.
     Él rió por lo bajo y luego dijo sonriendo de nuevo:
     -Eres maja, me caes bien.
     -Tú a mí también –reí, ruborizada completamente.
     Pero entonces el mágico momento lo interrumpió Amaia buscándome. Iba corriendo y con cara de circunstancias. Yo, al ver esto, fruncí el ceño y le dije a Alex:
     -Espera, aquí ha pasado algo.
     Y en efecto, tuve razón.
     -¡Jessica! ¡En el patio! Un chico mayor que se llama Álvaro se está metiendo con Esther.
     Miré a Alex y él también tenía cara de preocupación así que, salimos todos corriendo al patio para ver lo que estaba pasando.
     Una vez cruzamos la puerta principal, pude ver cómo, en el interior de un corrillo, Esther se daba de empujones y vaciladas con un chico de segundo de la ESO. Corrí hacia ella dejando atrás a Amaia y Alex. Cuando llegué al círculo de gente que los rodeaba, grité con todas mis fuerzas, haciéndome oír por encima de los murmullos:
     -¡DEJA EN PAZ A MI AMIGA!
     Entonces se abrió un hueco entre la multitud y salió el chico. Miré hacia Esther, su rostro lo pintaba una mueca de miedo por mí; ella tenía la mano en la boca, en señal de terror y respeto.
     -No te había visto nunca por aquí, ¿eres la nueva de la que tanto se habla? –preguntó Álvaro.
     -Sí –dije yo sin que la voz me temblara ni un poco.
     Él rió sonoramente y la multitud se apartó unos pasos. Entonces ví llegar a Alex.
     -¿Qué tiene tanta gracia? –le vacilé yo.
     Entonces, Álvaro se puso serio de repente y yo me estremecí aunque él no lo notó, por suerte.
     -La nueva es vacilona, ¿eh? –inquirió él con una sonrisa malvada.
     A mis oídos llegaron murmullos de la gente de mi alrededor diciendo: ‘’La va a matar’’, porque suponían qué iba a pasar; y Alex también lo suponía.
     -¡Eh! Déjala en paz –ordenó Alex con un tono de voz potente que no habría imaginado para él.
     El corazón me dio un vuelco.
     -Qué bonita pareja –se rió Álvaro.
     Entonces, sin previo aviso, Alex asestó contra Álvaro un puñetazo. Yo me llevé las manos a la boca en señal de sorpresa y oí gritos entre la gente.
     Desvié la mirada hacia Esther y Amaia que se mantenían a no mucha distancia con otras chicas más. Yo estaba detrás de Alex y Álvaro estaba en el suelo del golpe. No había sufrido daños importantes pero podrían expulsar a Alex por pegarle.
     Lo agarré por los brazos y le di media vuelta para que me mirara.
     -Gracias –dije sonriéndole.
     Y esa sonrisa era solo para él y nadie más.
     -De nada –respondió él también sonriendo.
 
     Pasados cinco minutos, Álvaro se alejaba de mí y de Alex cuando pasábamos. Yo iba con Esther y Amaia, que me presentaron a Selena, una chica bajita, muy rubia y con los ojos azulísimos; a Skylar, que tenía el pelo castaño, un poco pelirrojo y muy largo, ella llevaba gafas y aparato; y a Elena, rubia con unos ojos marrones que me encantaban y con gafas.
     Caminábamos todas por el patio, que era bastante grande; oímos el timbre y volvimos a entrar a clase. Nos tocaba Sociales, así que me acompañaron al aula donde se daba, porque yo no sabía dónde estaba; aunque Skylar, Elena y Selena iban a primero B. Nos despedimos en el pasillo y Esther, Amaia y yo entramos en el aula once, que es donde se enseñaban Sociales.
     Me senté donde la profesora, Laura, me indicó; al lado de Amaia, por suerte.
     Tras la explicación de Laura hice el farol de levantarme a sacar punta para dejarle una notita a Alex encima de su mesa, que decía así: ‘’Gracias de nuevo (;’’. Ví cómo él la leía y sonreía y no pude evitar sonreír también.
     -Profesora, ¿puedo pedirle a Jessica la libreta para corregirme los ejercicios? Es que no me he enterado de uno –preguntó Alex, únicamente para responderme sin levantar sospechas.
     -Está bien, pero la próxima vez estate más atento.
     Alex se levantó y cogió mi libreta. Pude apreciar cómo cogía sus rotuladores de colores y me dibujaba algo en la última página del cuaderno.
     -Gracias, Jessi –dijo al levantarse y devolvérmela.
     Oí otra vez la risita baja de Esther, que se sentaba a su lado y supe que había sido algo fuerte lo que había dibujado. Amaia me había dicho que Alex dibujaba muy bien, así que esperaba con ansia mi libreta para ver lo que había hecho.
     La verdad es que Alex hacía magia con esos rotuladores. Había puesto un ‘’De nada’’ que ocupaba toda la página con un montón de adornos y cosas chulas. Lo miré y aprecié que él estaba esperando mi mirada para mostrar de nuevo esa preciosa sonrisa que tenía él. Yo también le sonreí como diciendo que aquel dibujo era precioso, que no era más que la verdad.
     Las siguientes horas pasaron aburridas, lo interesante vino al salir del instituto. Estaba recogiendo mis cosas y terminé de nuevo la última, pero Alex me esperó como en el recreo.
     -¿Por dónde nos habíamos quedado antes? –dijo él sonriendo.
     Estaba apoyado en la pared, con una pierna tocando los ladrillos. Aún estábamos en clase.
     -Pues… Que me caías bien y yo también a ti, creo.
     -Exactamente, me estaba quedando contigo, yo también lo recordaba –rió.
     Empezamos a caminar hacia la puerta de salida.
     -¿Te recoge alguien? –preguntó él.
     -No, aunque vivo un poco lejos.
     -A mí tampoco, pero vivo cerca, ¿quieres que te acompañe?
     -¿Por qué no? –sonreí.
     Alex rió y le indiqué por dónde se iba hacia mi casa al salir por la puerta. Caminamos durante unos trece minutos, hablando de cosas absurdas y yo enrojeciendo cada dos por tres. Al final llegamos a mi piso y dije:
     -Aquí es, vivo en el tercero, pero sé subir sola en el ascensor –le dije riendo.
     -Pensaba que no –bromeó él.
     -Bueno, adiós, si tardo, mi madre me echará la bronca, aunque pronto se irá por ahí con mi padre, ya sabes, nos acabamos de mudar y…
     -Sí, entiendo, cosas nuevas y tal –cortó él-. Adiós, nos vemos mañana.
     Y terminó con una sonrisa que yo también le devolví.

     Subí al ascensor cuando Alex salió por la puerta. Estaba eufórica; el día no podía haber ido mejor. Cuando entré en mi casa grité el nombre de mi madre y respondió:
     -¡Hola!
     Su voz venía de la cocina; me dirigí allí y estaba haciéndose un vaso de leche caliente.
     -Ya he llegado.
     -¿Qué tal tu primer día? –me saludó ella sonriendo.
     -Genial, he hecho amigas que son majísimas.
     -Me alegro mucho. ¿Te han mandado mucho trabajo?
     -No, pero tengo algo, como siempre.
     -Pues ponte a hacerlos. Por cierto, tu padre y yo nos vamos a ir a…
     -Ya lo suponía.
     Tras explicar a mi madre que no estaba molesta por que se fueran tantas veces, fui a mi habitación a hacer el trabajo que me habían mandado.
     Oí la puerta por encima de la música y supe que mis padres ya se habían marchado.
     Estaba cansada cuando mis padres volvieron, eran ya las diez y yo tenía que madrugar. Me fui a la cama unos minutos después. Raro en mí pero, estaba deseando volver al instituto.

domingo, 12 de febrero de 2012

Capítulo 3 - Nueva en clase

     El domingo transcurrió con total normalidad. Mis padres salían cada dos por tres de tiendas, a ver teatro, a ver películas… Así que, la mayor parte de tiempo que pasaba en casa estaba sola. La verdad es que me gustaba estar sola de vez en cuando. Me tumbaba en mi cama, cogía el móvil y ponía la música.
     Aunque en uno de esos numerosos ratos en los que estaba sola en casa, se me ocurrió asomarme al pequeño balcón de mi cuarto. No hacía tanto viento como el sábado; es más, se estaba bien. Me apoyaba en la valla del balcón cuando detecté con la vista aquel chico que había visto cuando fui el día anterior a comprar bocadillos.
     Lo que más me sorprendió, es que mientras lo miraba, fue como si él hubiera detectado mi mirada plantada en su rostro. Se volvió hacia mí. Yo abrí muchísimo los ojos y me puse roja casi sin darme cuenta. El misterioso chico, que iba con otro chico más, avisó a su amigo y me señaló. Su amigo hizo un gesto de indiferencia y volvió su vista hacia delante de nuevo, pero él sonrió y me saludó con la mano alzada. Yo no sabía qué hacer, ¿le devolvía el saludo?
     Al final, completamente avergonzada, volví al interior de mi casa con el corazón latiéndome a cien. Me senté en la cama y analicé la situación. Estaba claro que ese chico me gustaba, pero no sabía ni cómo se llamaba ni la edad que tendría. No tenía razón para sentir algo por él. Pero tenía ganas de que llegase el lunes a mi nueva clase y mi nuevo instituto… para ver si coincidíamos. En ese momento oí el cerrojo de mi puerta y supe que mis padres habían llegado de otra de sus numerosas salidas. Estaba claro que no les iba a contar nada de lo que acababa de pasar.
     Bueno, pues lo que pasó el domingo no fue muy interesante exceptuando eso. Para finalizar el día, me acosté en mi cama y dormí en un sueño inquieto.

     Era lunes, un bonito lunes con un sol radiante, pero seguía haciendo frío y a veces se removía el aire. Mi madre me había despertado a las ocho porque ella pensaba que el instituto comenzaba media hora después. Yo soy rápida en arreglarme, así que no había problema en levantarme solo media hora antes de tener que marchar. Sin embargo, mi madre no acertó en la hora de entrada al instituto. Ella se había informado bien, pero es la maldita costumbre.
     Al final, me tocó ir de corre prisas en el coche de mi padre. Cuando entré al instituto fui a conserjería para que me llevaran a mi nueva clase. Noté que el conserje estaba ligeramente dormido, informé a mi padre de esto, a quien se le escapó una risilla baja, pero después carraspeó y el conserje se despertó. En vez de llevarme a mi clase, me llevó con la directora. Ésta era de unos treinta y nueve años. Tenía el pelo corto y negro como el carbón. Sus ojos eran preciosos, un azul que no había visto antes. Aparentaba menos edad de la que tenía.
     La directora me echó la bronca por llegar tarde y a mi padre le tocó disculparse y decir que había sido un despiste. Tras estos ‘’imprevistos’’, mi padre se volvió a marchar y yo me quedé sola con la directora.
     -Bueno, querrás conocer tu nueva clase, ¿no? –dijo ella.
     -S…Sí –respondí yo, un tanto tímida.
     Me acompañó hasta una puerta en la que ponía: ‘’Aula de Castellano’’, y dijo:
     -Bien, tus compañeros están dando Lengua ahora. Es un poco maleducado entrar sin haberlo dicho antes, así que, para ellos será una sorpresa.
     El corazón me iba a salir del pecho. Estaba súper nerviosa; iba a conocer a mis nuevos amigos… y se podría decir que a mis ‘’compañeros de futuro’’. La directora tocó la puerta, y desde mis oídos escuché un sonoro: ‘’¡Adelante!’’. Abrió la puerta y la luz blanquecina del aula bañó mi cara. Todos los alumnos se giraron a la vez y me miraron con cara de asombro. Me ruboricé indudablemente, aunque me llevé una desilusión al comprobar que aquel chico tan misterioso no ocupaba esa clase.
     -Buenos días alumnos. Quiero presentaros a esta chica. Se llama Jessica, y va a dar clase con vosotros a partir de ahora. Formará parte de primero A como si fuera desde el primer día con vosotros, así que quiero que la tratéis bien –dijo la directora tras cruzar el umbral de la puerta y dejarme un poco atrás.
     La clase estaba ordenada en parejas. Había diez chicas y lo demás chicos. En total, eran veintitrés alumnos los que componían primero A.
     -Ho…Hola –saludé claramente avergonzada.
     -¡Pero chica! No tengas vergüenza –oí una de las voces de un chico que había sentado al lado de una chica que estaba concentrada en sus papeles.
     Yo sonreí ante esta situación, pero al profesor no le pareció tan bien el comentario de ese chaval.
     -¡Jaime! ¡A callar! –exclamó el profesor.
     Jaime se volvió hacia delante. Era un chico rubio con el pelo corto, llevaba cresta y tenía los ojos marrones.
     -Siéntate al lado de Esther, os llevaréis bien –dijo entonces el profesor haciendo un gesto hacia una chica que estaba sentada sola y con un sitio vacío a su lado-. Por cierto, me llamo Alberto, tú eras Jessica, creo recordar.
     -Sí –asentí secamente.
     -Hola Jessica –dijo Esther en voz baja para que no la oyera Don Alberto.
     Esther era una chica un tanto extraña. Tenía cara de ser risueña pero a la vez de ser lo suficientemente madura. Tenía el pelo largo, castaño muy oscuro y sus ojos eran de color marrón también oscuro.
     -Hola… Esther –dije con un poco de vergüenza.
     -No tengas vergüenza, chica, ya lo ha dicho Jaime –respondió ella sonriendo.
     Yo agradecí este acto por su parte, ya que me tranquilizó bastante.
     -A ver alumnos, voy a seguir con la clase –oí la voz del profesor intentando hacerse oír por encima de los numeroso murmullos.
     Al ver que estos murmullos no cesaban, Don Alberto explotó:
     -¡SILENCIO!
     Todos callaron automáticamente. Pero entonces escuché una llamada a la puerta.
     -¿Se puede?
     Me dio un vuelco el corazón. Era él, el chico del que tanto había estado pensando.
     -Adelante. Eh… Alex, Jessica ha ocupado tu puesto porque no venías –informó el profesor.
     Alex me miró y me puse roja, Esther lo notó y me susurró:
     -Ey, te gusta, ¿eh?
     Me puse más roja todavía.
     -Entonces, ¿dónde me siento? –preguntó él sin molestia alguna.
     -¡Al lado de mí! Por favor Don Alberto –dijo un chico del final.
     -Bah, está bien… -aceptó el profesor a regañadientes.
     Alex, con una sonrisa pintándole la cara, fue a sentarse al lado de aquel chico, pero entonces, antes de llegar a la silla, me miró de nuevo con algo que me dio un escalofrío; pero no de miedo.
     -Volvamos a la clase –anunció el profesor.
     Y Don Alberto se puso a explicar la vida de un escritor. Durante la explicación, no pude evitar mirar varias veces hacia atrás, a Alex. Nuestras miradas se encontraron un par de veces, y esta vez fue él quien se puso rojo. Yo sonreí al ver esta reacción suya. Esther notó que yo volvía demasiado la vista hacia Alex y a veces, después de mirarlo, oía su risilla baja y yo sonreía al escucharla.

 

viernes, 10 de febrero de 2012

Capítulo 2 - De tiendas en la Gran Vía

     Tras recibir el permiso de mi madre para irme de compras, metí el dinero que me entregaron mis progenitores en un monedero que luego introduje en la mochila; metí la BlackBerry al bolsillo de mi pantalón de nuevo y me puse mi cazadora otra vez. Salí a la calle y el viento volvió a mover mi pelo ondulante en el aire. En ese momento, una hoja de papel de periódico se estampó contra mi cara por la fuerza del aire; maldije aquella página por lo bajo. No tardé en oír un: ‘’¡Perdóneme!’’ desde la otra punta de la calle, donde estaba el puesto que daba cobijo al quiosquero en aquella tarde madrileña con tanto viento.
     Coloqué mi mano sobre mi frente en señal de búsqueda de algo; sin duda estaba buscando una tienda cerca de mi casa. Divisé a lo lejos el brillante letrero publicitario de la marca de tónica Schweppes. Este letrero me trajo grandes recuerdos de cuando era pequeña e iba de viaje a Madrid. Recuerdo correr entre los pilares de las obras, recuerdo ir a una churrería donde hacían unos sándwiches con yema de huevo, recuerdo entrar a las tiendas y perderme en su inmensidad…
     Volví a la realidad porque otra ráfaga de viento azotó mi rostro. Me puse vaselina en los labios; sabía que se agrietarían con esas rachas de aire ajetreado.
     Me puse en marcha hacia la calle de abajo. Crucé por un paso de cebra colosal que casi no me dio tiempo a pasar. Seguí bajando por la Gran Vía hasta que por fin, a lo lejos, pude apreciar el letrero del Pull&Bear. Mientras que caminaba, con más prisa, hacia la tienda, tropecé varias veces con la numerosa gente que paseaba, así que, me tocó pedir perdón varias veces.
     Llegué a la tienda, y cuando había elegido una sudadera y unos pantalones, saqué la cuenta con el móvil de cuánto me quedaría. Era suficiente para ir a tres tiendas más, visto esto, pagué la ropa y me fui con las bolsas en mis manos.
     Estaba feliz, no solo porque me gustaba ir de tiendas, sino porque estaba en Madrid, y esa iba a ser mi casa a partir de ahora. Siempre me había gustado aquella ciudad y pensaba que me iba a amoldar fácilmente; lo cierto es, que con tanta gente y tanto automóvil circulando, la vida de una chica de doce años en Madrid era un poco difícil. Pero no tardaría en acostumbrarme.
     Estaba delante de la tienda cuando volví la vista hacia la calle de enfrente. Estaba a una distancia considerable, pero pude saber que estaba en la zona de todos los comercios. Enfrente de mí se alojaban tres de las tiendas más famosas una junto a otra.
     Entré a las tres. En una me compré dos camisetas de manga corta, en otra una chaqueta y en la última otra sudadera. Sorprendentemente, me sobraron diez euros; era porque estábamos en rebajas, supongo.
      Volví a subir por la calle para volver a casa. Entonces, la gente empezó a aumentar en número. Me sentí perdida, insignificante, diminuta. Eso me frenó bastante, pero esperé a que se descongestionara aquello y volví a subir. Tenía voluntad de hierro, así que, no pararía hasta conseguir lo que me proponía.
     Llegué a la puerta del recibidor de mi piso tras media hora de caminata por la Gran Vía. Resulta extraño, ¿verdad? Una niña de doce años caminando sola por Madrid con bolsas de tiendas en la mano. Cualquiera que me viera podría pensar que me han abandonado y me ha tocado la lotería.
     Abrí la puerta de cristal que daba paso al hall de mi finca. Para mi sorpresa, encontré allí a mis padres. Iban arreglados; mi madre con el bolso, el pintalabios puesto, la sombra de ojos… Y mi padre con su estilo: camisa por dentro de los pantalones.
     -¡Papá, mamá! Ya he vuelto. Mirad lo que he comprado… –los saludé metiendo la mano en las bolsas.
     -Ya lo veremos luego –cortó mi madre, pero sonriendo para no ofenderme-. Tu padre y yo hemos comprado unas entradas por Internet para un teatro. Es una obra de adultos, lo siento, pero no puedes venir.
     -Sin problema mamá, me quedaré en casa con el ordenador. Además, aún me quedan cosas que arreglar en mi cuarto –dije sonriendo.
     Mi madre me dio las llaves del piso; yo les quité el llavero porque me repelía. Era horrible.
     Como teníamos un pendrive de esos que incorporan Internet, no teníamos problema en mudarnos y seguir teniendo red.
     Mi madre hizo un gesto de despedida con la mano y mi padre la imitó. Yo esperé a que salieran para meterme al ascensor.
     Ya arriba, fui a mi habitación y saqué el portátil de la maleta; además, cogí los cascos y los conecté a la BlackBerry para escuchar música. Me tiré una hora así. Me conecté al Tuenti y estaban todos mis amigos conectados y ví que me habían dedicado una foto de despedida. Sonreí al ver la imagen de todos reunidos, aunque se llevaban algunos fatal, solo para dedicarme una fotografía de adiós. En ese momento me habló Natalia, que estaba conectada:
     -¡¡¡Jessi!!!
     -Hola Nata.
     -¿Qué tal por Madrid?
     -Pues por aquí genial, hay un montón de tiendas. Hoy me he comprado más ropa que nunca.
     -Me alegro por ti, guapa.
     -No digas tonterías que me sonrojo y lo sabes.
     -Jajaja. Tonta que eres.
     -Bueno, me tengo que ir, aún me quedan cosas que arreglar por aquí. ¡Un besito!
     -Adiós guapa, un beso.
     Cerré el ordenador, paré la música y me tiré en la cama. Respiré hondo. Me sentía bien.
     Por la ventana entraba la suave luz del atardecer. Salí a la pequeña balconada para disfrutarlo. Estuve solo cinco minutos asomada porque el frío entraba en la casa y se quedaría helada. Volví a entrar y recogí un poco el ordenador y la ropa que había comprado. Me duché, me sequé el pelo y me puse el pijama porque ya eran las nueve y media. ‘’Mis padres estarán al caer’’, pensé. Y así era; diez minutos después de que yo acabara de arreglarme ya estaban aquí. Los saludé y le enseñé a mi madre lo que había comprado en la Gran Vía. Le gustaron mucho las sudaderas.
     Me acosté después de cenar unos espaguetis instantáneos que habíamos traído de mi anterior pueblo. La cama de mi nueva casa era más cómoda que la otra; estaba mullida, me gustaban las camas mullidas. Me tumbé y me cubrí con el edredón. Tenía un poco de frío pero se pasaría en cuanto llevase más tiempo metida entre las sábanas.
     De pronto oí un pitido y una vibración que provenía del final de mi cama. Era mi móvil. Me habían mandado un mensaje. Había sido Inma; en el mensaje me deseaba buenas noches, que esperaba no haberme despertado y que si era así lo sentía. Le respondí: ‘’No me has despertado, pero no crees que estas no son horas de enviar mensajitos a personas que se acaban de mudar??’’. Al cabo de unos minutos me respondió diciendo que eran solo las once, y que yo era una exagerada. Me entró la risa floja al leer esto. Las dos teníamos los fines de semana gratis, así que no había problema con el dinero. Volví a mandarle un mensaje: ‘’No soy una exagerada, pero tú ya sabes que me acuesto pronto porque soy una vaga’’. Esta vez pasaron diez minutos hasta que respondió con una simple risa. ¡Una simple risa! ¡Ahora que me había desvelado y ya no tenía ganas de dormir! ‘’Pues ahora le voy a dar la noche a ella’’ pensé. Y empecé a enviarle cosas absurdas desde mi cama.
     ¿No es increíble cómo una red puede unir a unas amigas a las que separan cientos de kilómetros? Una red que los padres han tratado de eliminar de las vidas de los jóvenes tantas veces. Es cierto que nos pasamos gran parte de nuestra vida utilizándolas, pero es que cuando las utilizamos para una causa importante ya cambia la cosa… Pero bueno, me he ido del tema.
     El caso es que se hicieron las once y media y el número de mensajes entre Inma y yo llegaban a los treinta o más. Me entró el sueño entonces, así que, me despedí de Inma y me fui a dormir. Recuerdo el último mensaje de ella: ‘’Buenas noches, pelotilla de carne, que sueñes con los ángeles madrileños de tu nueva casita (;’’. No sé si esto de la ‘’nueva casita’’ era una indirecta, pero no creo, Inma tiene buen corazón y no iría con ningún mal.

jueves, 9 de febrero de 2012

Capítulo 1 - La mudanza a Madrid

     Era un día como otro cualquiera. Yo dormía en mi cama con un deleite especial porque el día anterior había estado de fiesta. Era sábado. Un sábado a las ocho de la mañana. La luz pasó a través de las cortinas de mi habitación. Cuando los rayos de sol bañaron mi cara,  abrí los ojos lentamente como suelo hacer hasta que recordé. ¡Hoy me mudaba! Salté de la cama con ese único pensamiento. Dejaba atrás a mis amigos, a mi instituto, a mi pueblo.
     Me puse la ropa que había preparado el día anterior, aunque por un acto reflejo, miré en mi armario. Naturalmente, estaba vacío. Toda mi habitación estaba vacía. Ni libros, ni peluches de mi infancia, ni películas, ni posters de Crepúsculo.
     También había dejado una mochila en mi escritorio, llena de lo esencial para las horas de viaje que me quedaban: mi BlackBerry, una libreta para dibujar y mis cascos para escuchar música.
     Cuando llegué abajo, mis padres estaban en el salón recogiendo las pertenencias de más valor. Me miraron los dos a la vez y sonrieron.
     -Jessica, por fin te levantas –comentó mi madre.
     Yo me llevé una mano a la nuca y sonreí en señal de rubor.
     Mi padre seguía concentrado en que los empleados de la empresa de mudanzas no rompieran nada.
     En ese momento me acordé de Sonia, Natalia e Inma. Eran mis mejores amigas. Les mandé un mensaje con el móvil:
     ‘’Ahora mismo salgo de mi casa, ya hablaremos. Un beso (:’’
     Tras hacer esto, mi padre dijo:
     -Ya está todo, podemos irnos.
     Y entré en el coche como una exhalación con mi mochila colgada a los hombros. La tiré en el asiento de al lado, me senté en mi sitio, me puse el cinturón y aguardé a que mis padres llegaran. No pude evitar, sin embargo, echar un último vistazo a la casa que dejaba. Pero eso ya era cosa de un pasado de dos minutos antes, ahora tendría una vida nueva, nuevos amigos, nuevo colegio…
     Por fin mis padres entraron en el coche. Tras media hora de escuchar música a tope, con los nervios de punta, no pude evitar caer dormida en mi asiento.
     Oí la voz de mi madre llamándome:
     -Jessica, Jessica. Ya hemos llegado.
     Abrí los ojos y, adormilada, contemplé por la ventana principal del coche unos grandes pisos. Había llegado. Madrid, la capital. El coche seguía en marcha, pero pronto nos paramos enfrente de un piso blanquecino que hacía esquina en la Gran Vía.
     -Bien, nuestra casa está en el tercer piso –informó mi padre.
     Llegué a la puerta y me colgué la mochila tras ponerme mi chaqueta de cuero. Cogí mi maleta y entré en el hall del piso que sería mi casa. Por la puerta entraron entonces mis padres con sus gigantes maletas que tenían pinta de pesar tanto.
     -¡Vamos a casa! –exclamé sin poder aguantarme más.
     Subimos en el ascensor mi madre y yo, ya que, era antiguo y sobrepasábamos el límite de peso si llevábamos las maletas. Mi padre subió después. Nosotras lo esperábamos enfrente de la puerta de mi nuevo hogar.
     -¡Corre, papá! –grité desesperada.
     Mi padre se apresuró al oír esto. Abrió la puerta de mi nueva casa con una llave con un llavero horrible. Me brillaron los ojos al contemplar aquel piso. Era genial, ni muy grande, ni muy pequeño; moderno, dominaban los colores claros en sus paredes, sobre todo el blanco y naranja claro. Estaba amueblado, como nos dijeron cuando lo compramos. Los muebles pegaban bastante con la pintura de la pared. Entré y busqué mi habitación. La encontré tras hallar un baño azul con bañera, un baño rojo y blanco con ducha, un salón considerablemente grande, una cocina muy bien equipada y la habitación de mis padres. Mi cuarto era de color rosa claro, con una ventana de mi estatura porque daba a un pequeño balcón. Bueno, la ventana era más alta que yo. Tengo doce años y no soy muy alta, sólo que mis Converse me hacían parecer de mayor estatura. 
     Volví al salón y cogí mi maleta, donde llevaba todos mis libros. Los coloqué en la estantería; quedaban bastante bien aunque me llevaría mucho tiempo llenar las que quedaban, no contaba con que hubiera tanto sitio en mi nueva casa. Deshice la maleta y coloqué la ropa en el armario. Era un armario empotrado, por lo que, no hacía bulto y tenía mucho sitio en mi habitación. Me senté en la cama, que ahora no era más que un colchón con una funda de plástico. Mi madre trajo entonces el edredón y las sábanas. Los echó encima del colchón y me dijo:
     -Ayúdame a colocar las sábanas.
     Mi madre es pelirroja, con el pelo ondulado. Tiene los ojos pardos. Se llama Verónica. Mi padre tiene el pelo negro y sus ojos son azules, como los de mi abuelo. Él se llama José. Yo tengo doce años, soy pelirroja, tengo los ojos azules y no soy muy alta para mi edad. Ah, me llamo Jessica y soy una chica del montón, anónima y con una vida muy común, pero no me puedo quejar.
     Pusimos las sábanas, rosas, a juego con las paredes. Cuando terminamos de ordenar la casa ya eran las dos.
     Estaba hambrienta. Me asomé por el balcón de mi cuarto y divisé en una finca cercana a mi piso, una tienda de bocadillos y sándwiches. Pregunté a mi madre si podía cruzar para comprarme un bocata. Ella me dio permiso y veinte euros para comprar unos para mi madre y mi padre también.
     Bajé por el ascensor. La BlackBerry haciéndome bulto en mis vaqueros, la mochila colgando de mis hombros y la chaqueta de cuero haciendo ruiditos embarazosos cuando alzaba el brazo.
    Abrí la puerta del hall y el aire azotó mi cara. Harían unos diez grados centígrados; estábamos en invierno y notaba escalofríos recorriendo mi espalda constantemente. Salí a la calle y me dispuse a cruzar el paso de cebra que daba a la otra acera donde se encontraba la bocatería, pero algo interrumpió mi rodeo panorámico. Un chico de mi edad aproximadamente. Tenía el pelo castaño claro y unos ojos verdes preciosos. En los breves segundos cuando lo estaba mirando, él también volvió la vista hacia mí. Yo la aparté rápidamente, ruborizada, pero pude apreciar cómo me sonreía antes de que siguiera caminando.
     Crucé el paso de cebra y entré en la bocatería, analizando lo que acababa de pasar con aquel chico.
     Compré tres bocatas, uno de jamón, uno de sobrasada y otro de mortadela y salchichón.
     Volví a cruzar la calle y entré en el recibidor de mi nuevo piso, pero tuve que pararme porque noté la vibración de mi móvil y oí la sintonía de llamada.
     Me llamaba Sonia así que, le cogí el teléfono.
     -¡Hola Sonia!
     -¡Jessi! ¿Qué tal por Madrid?
     -Genial, mi casa mola muchísimo. Es alucinante. ¡Está en la Gran Vía!
     -Qué guay. ¿A que no adivinas lo que me ha pasado?
     -¿Qué? –pregunté ilusionada.
     -Mario me ha pedido salir –gritó ella aún más ilusionada.
     -¿En serio? ¡Qué bien por ti!
     -¡Ya ves!
     -¿Sabes lo que me ha pasado a mí?
     -Cuenta, cuenta.
     -En la calle me he encontrado con un chico guapísimo de nuestra edad, espero que vaya al mismo insti que yo.
     -Oh, mierda, me ha pillado mi madre llamándote. Me tengo que ir. Adiós -cortó.
     -Adiós Sonia, un beso.
     -Besos.
     Tras colgar el teléfono me lo metí al bolsillo de nuevo y subí al ascensor con los bocadillos en mi mano. Llegué a mi piso, supuse que mi madre me pediría explicaciones por costarme volver.
      Cuando pasé, mis padres estaban sentados en la cocina, en una mesa moderna de una especie de plástico blanco con toques negros. Les dejé en la mesa sus respectivos bocatas y dije:
     -¿Puedo comer en el escritorio de mi habitación, por favor?
     Mi madre asintió y fui corriendo a mi cuarto. Cuando llegué, me di cuenda de  que no tenía silla así que, fui al comedor y me traje una. Me senté en ella y coloqué el bocadillo de jamón serrano encima de un plato que había cogido de la cocina hacía unos minutos.
     Terminé de comer y fui al salón; mis padres ya estaban allí. Mientras que comía había estado pensando en salir a explorar un poco por los alrededores. Además, tenía ahorrado bastante dinero para cuando llegase a Madrid y a las tiendas, por supuesto; y como vivía en la Gran Vía, tenía cada vez más ganas de salir de ‘’shopping’’. Aunque tengo doce años, me queda poco para cumplir los trece, pero mis padres piensan que soy lo suficiente madura para ir sola por ahí.
     -Papá, ¿puedo ir a explorar y a las tiendas de los alrededores? –pregunté directamente.
     Mis padres cruzaron una miradas. Pero finalmente mi padre respondió:
     -Está bien… Pero ten muchísimo cuidado y no hables con desconocidos.
     Seguidamente metió la mano en su cartera que llevaba en el bolsillo, sacó un billete de veinte euros y me lo dio.
     -Espera, si te quieres comprar ropa con eso no te vale para nada –dijo mi madre con una sonrisa.
     Y metió su mano en su bolso, sacó un billete de veinte euros y otro de diez.
     -Toma, con esto será suficiente.
     Sonreí, les di un beso en la mejilla a cada uno, me despedí y volví a salir por la puerta.